domingo, 28 de diciembre de 2008

Clasificación u orden de los Espíritus


Un punto capital en la Doctrina Espírita es el de las diferencias que existen entre los Espíritus, desde el doble punto de vista intelectual y moral; en este aspecto, su enseñanza nunca ha variado; pero no es menos esencial saber que ellos no pertenecen perpetuamente al mismo orden y que, por consecuencia, estos órdenes no constituyen especies distintas: son diferentes grados de desarrollo. Los Espíritus siguen la marcha progresiva de la Naturaleza; los de los órdenes inferiores son todavía imperfectos; han de alcanzar los grados superiores después de haberse depurado; avanzan en la jerarquía a medida que adquieren las cualidades, la experiencia y los conocimientos que les faltan. El niño de cuna no se parece a lo que será en la edad madura y, sin embargo, es siempre el mismo ser.
La clasificación de los Espíritus está basada en su grado de adelanto, en las cualidades que han adquirido y en las imperfecciones de que han de despojarse aún. Esta clasificación, además, no tiene nada de absoluto; cada categoría presenta un carácter nítido sólo en su conjunto; pero de un grado a otro la transición es imperceptible y, en los límites de la misma, los matices se esfuman como en los reinos de la Naturaleza, como en los colores del arco iris o también como en los diferentes períodos de la vida humana. Por lo tanto, se puede formar un número mayor o menor de clases, según el punto de vista desde el cual se considere la cuestión. Sucede aquí lo que ocurre en todos los sistemas de clasificaciones científicas: estos sistemas pueden ser más o menos completos, más o menos racionales y cómodos para la inteligencia, pero, sea como fueren, no cambian en nada el fondo de la ciencia. Por tanto, los Espíritus interrogados sobre este punto podrán haber variado en cuanto al número de categorías, sin que esto tenga trascendencia. Algunos se han aprovechado de esta aparente contradicción, sin reflexionar en el hecho de que los Espíritus no dan ninguna importancia a lo que es puramente convencional; para ellos el pensamiento lo es todo, dejando para nosotros la forma, la elección de los términos, las clasificaciones, en una palabra, los sistemas. Agreguemos todavía la siguiente consideración que nunca debe perderse de vista: entre los Espíritus, como también entre los hombres, los hay muy ignorantes, y nunca se estará bastante prevenido contra la tendencia en creer que todos han de ser sabios porque son Espíritus. Toda clasificación exige método, análisis y conocimiento profundo del asunto. Ahora bien, en el mundo de los Espíritus, los que tienen conocimientos limitados son – como los ignorantes en la Tierra – inhábiles para abarcar el conjunto y para formular un sistema; incluso los que son capaces de hacerlo pueden variar en los pormenores según su punto de vista, sobre todo cuando una división no tiene nada de absoluto. Linneo, Jussieu y Tournefort han tenido cada cual su método, y la Botánica no ha variado por este motivo, porque ellos no inventaron las plantas ni sus caracteres, sino que observaron las analogías según las cuales formaron los grupos o clases.
Ha sido así que también hemos procedido nosotros; no hemos inventado los Espíritus ni sus caracteres, sino que los hemos visto y observado, los hemos juzgado por sus palabras y por sus hechos, y después los clasificamos por sus similitudes: es lo que cualquier uno habría hecho en nuestro lugar. Sin embargo, no nos podemos atribuir la totalidad de este trabajo como siendo nuestro. Si el cuadro que daremos a continuación no ha sido textualmente trazado por los Espíritus, y si nosotros hemos tomado la iniciativa, todos los elementos que componen el mismo han sido extraídos de sus enseñanzas; no nos quedaba más que formular su disposición material. Generalmente, los Espíritus admiten tres categorías principales o tres grandes divisiones. En la última, la que está al pie de la escala, se hallan los Espíritus imperfectos que todavía tienen todos o casi todos los grados por recorrer; se caracterizan por el predominio de la materia sobre el Espíritu y por su propensión al mal. Los de la segunda categoría se caracterizan por el predominio del Espíritu sobre la materia y por el deseo del bien: son los Espíritus buenos. En fin, la primera comprende los Espíritus puros, que han alcanzado el grado supremo de perfección. Esta división nos parece perfectamente racional y presenta caracteres bien nítidos; sólo nos quedaba por hacer resaltar, por medio de un número suficiente de subdivisiones, los principales matices del conjunto, y es lo que hemos hecho con la colaboración de los Espíritus, cuyas benévolas instrucciones nunca nos han faltado. Con la ayuda de este cuadro será fácil determinar el rango y el grado de superioridad o de inferioridad de los Espíritus con los cuales podemos entra en relación y, por consecuencia, el grado de confianza y de estima que merecen. Además de ello, nos interesa personalmente porque pertenecemos, a causa de nuestra alma, al mundo espírita – al cual retornaremos al dejar nuestra envoltura mortal – y esto nos muestra lo que nos falta hacer para llegar a la perfección y al bien supremo. No obstante, haremos notar que los Espíritus no siempre pertenecen exclusivamente a tal o cual clase; ya que su progreso se realiza en forma gradual y a menudo más en un sentido que en otro, pueden reunir los caracteres de varias categorías, lo que fácilmente puede apreciarse por su lenguaje y por sus actos.

Escala espírita

TERCER ORDEN – ESPÍRITUS IMPERFECTOS

Caracteres generales – Predominio de la materia sobre el Espíritu. Propensión al mal. Ignorancia, orgullo, egoísmo y todas las malas pasiones que son su consecuencia. Tienen la intuición de Dios, pero no lo comprenden. Todos no son esencialmente malos, y en algunos hay más ligereza, inconsecuencia y malicia que verdadera maldad. Unos no hacen ni el bien ni el mal, pero por el simple hecho de no practicar el bien denotan su inferioridad. Otros, por el contrario, se complacen en el mal y se sienten satisfechos cuando encuentran la ocasión de hacerlo. Pueden aliar la inteligencia a la maldad o a la malicia; pero, sea cual fuere su desarrollo intelectual, sus ideas son poco elevadas y sus sentimientos más o menos abyectos. Sus conocimientos acerca de las cosas del mundo espírita son limitados, y lo poco que saben se confunde con las ideas y prejuicios de la vida corporal. Al respecto, sólo pueden darnos nociones falsas e incompletas, pero el observador atento encuentra con frecuencia en sus comunicaciones – aunque imperfectas – la confirmación de grandes verdades enseñadas por los Espíritus superiores. Su carácter se revela por su lenguaje.

Todo Espíritu que, en sus comunicaciones, deje escapar un pensamiento malo, puede ser incluido en el tercer orden; por consecuencia, todo pensamiento malo que nos sea sugerido proviene de un Espíritu de este orden. Éstos ven la felicidad de los buenos y esta visión es para ellos un tormento incesante, porque sienten todas las angustias que pueden producir la envidia y los celos. Conservan el recuerdo y la percepción de los sufrimientos de la vida corporal, y esta impresión es frecuentemente más penosa que la realidad. Por lo tanto, sufren verdaderamente no sólo por los males que han soportado, sino también por los que han ocasionado a otros; y como sufren por mucho tiempo, creen que siempre han de sufrir: Dios, para punirlos, quiere que así lo crean.

Podemos dividirlos en cuatro clases principales.

Novena clase. ESPÍRITUS IMPUROS – Tienen inclinación hacia el mal y hacen de éste el objeto de sus preocupaciones. Como Espíritus, dan consejos pérfidos, promueven la discordia y la desconfianza y, para engañar mejor, adoptan todas las máscaras. Se vinculan a los caracteres bastante débiles capaces de ceder a sus sugestiones, a fin de arrastrarlos hacia la perdición, y están satisfechos cuando consiguen retardar su adelanto al hacerlos sucumbir en las pruebas que enfrentan. En las manifestaciones se los reconoce por su lenguaje; la trivialidad y la grosería de sus expresiones, tanto entre los Espíritus como entre los hombres, son siempre un indicio de inferioridad moral y hasta intelectual. Sus comunicaciones revelan la bajeza de sus inclinaciones, y si quieren inducir a engaño hablando de una manera sensata, no pueden desempeñar su papel por mucho tiempo y terminan siempre por delatar su origen. Ciertos pueblos han hecho de ellos divinidades maléficas, y otros los designan con los nombres de demonios, genios malos o Espíritus del mal. Los seres vivos a quienes animan, cuando están encarnados, tienen inclinación hacia todos los vicios que engendran las pasiones viles y degradantes: el sensualismo, la crueldad, la bellaquería, la hipocresía, la codicia y la sórdida avaricia. Hacen el mal por el placer de hacerlo – muy a menudo sin motivos –, y por odio al bien escogen casi siempre sus víctimas entre las personas honradas. Son flagelos para la Humanidad, sea cual fuere la clase social a que pertenezcan, y el barniz de la civilización no los libra del oprobio y de la ignominia.

Octava clase. ESPÍRITUS LIGEROS – Son ignorantes, maliciosos, inconsecuentes y burlones. Se entrometen en todo, y a todo responden sin preocuparse con la verdad. Se complacen en causar pequeñas contrariedades y picardías, en chismear y en inducir maliciosamente a error por medio de mistificaciones y travesuras. A esta clase pertenecen los Espíritus vulgarmente designados con los nombres de duendes, gnomos y trasgos, los cuales están bajo la dependencia de los Espíritus superiores, que a menudo los emplean, como nosotros lo hacemos con nuestros servidores y peones. Parecen más que otros apegados a la materia y dan la impresión de ser los agentes principales de las vicisitudes de los elementos del globo, ya sea que habiten en el aire, en el agua, en el fuego, en los cuerpos duros o en las entrañas de la Tierra. A menudo manifiestan su presencia por medio de efectos sensibles, como golpes, movimientos y desplazamientos anormales de cuerpos sólidos, agitación del aire, etcétera, lo que los ha hecho acreedores al nombre de Espíritus golpeadores o perturbadores. Se reconoce que esos fenómenos no son de ninguna manera debidos a una causa fortuita y natural cuando tienen un carácter intencional e inteligente. Todos los Espíritus pueden producir estos fenómenos, pero en general los Espíritus elevados ceden esas atribuciones a los Espíritus inferiores, porque éstos son más aptos para las cosas materiales que para las inteligentes. En sus comunicaciones con los hombres, su lenguaje es a veces espirituoso y chistoso, pero casi siempre superficial; captan las extravagancias y ridiculeces que expresan con rasgos mordaces y satíricos. Cuando usurpan algún nombre, lo hacen más por malicia que por maldad.

Séptima clase. ESPÍRITUS PSEUDOSABIOS – Sus conocimientos son bastantes amplios, pero creen saber más de lo que en realidad saben. Al haber realizado algún progreso en diversos puntos de vista, su lenguaje tiene un carácter serio que puede engañar acerca de sus capacidades y luces; pero, a menudo, no es más que un reflejo de los prejuicios y de las ideas sistemáticas de la vida terrestre; es una mezcla de algunas verdades al lado de los más absurdos errores, en medio de los cuales se descubren la presunción, el orgullo, los celos y la terquedad de que no han podido despojarse.

Sexta clase. ESPÍRITUS NEUTROS – No son ni lo bastante buenos para hacer el bien, ni lo suficientemente malos para hacer el mal; se inclinan igualmente hacia el uno como hacia el otro, y no se elevan por encima de la condición vulgar de la Humanidad, ni moral ni intelectualmente. Tienen apego a las cosas de este mundo, de cuyos goces groseros sienten nostalgia.

SEGUNDO ORDEN – ESPÍRITUS BUENOS

Caracteres generales – Predominio del Espíritu sobre la materia; deseo del bien. Sus cualidades y su poder para hacer el bien están en razón del grado a que han llegado: unos tienen la ciencia, otros la sabiduría y la bondad; los más adelantados reúnen el saber a las cualidades morales. Al no estar aún completamente desmaterializados, conservan más o menos – según su rango – los trazos de la existencia corporal, ya sea en la forma del lenguaje o en sus hábitos, en los que incluso vuelven a encontrarse algunas de sus manías; de otro modo, serían Espíritus perfectos. Comprenden a Dios y al infinito, y gozan ya de la felicidad de los buenos; son dichosos por el bien que hacen y por el mal que impiden. El amor que los une es para ellos la fuente de una dicha inefable no alterada por la envidia, ni por los remordimientos, ni por ninguna de las malas pasiones que atormentan a los Espíritus imperfectos; pero, aún, todos ellos han de pasar pruebas hasta que alcancen la perfección absoluta. Como Espíritus, inspiran buenos pensamientos, apartan a los hombres de la senda del mal, protegen durante la vida a los que se hacen dignos de su protección y neutralizan la influencia de los Espíritus imperfectos sobre los que no se complacen en tolerarla. Como encarnados son buenos y benévolos para con sus semejantes; no están movidos por el orgullo, ni por el egoísmo, ni por la ambición; no sienten odio, rencor, envidia ni celos y hacen el bien por el bien mismo. A este orden pertenecen los Espíritus designados en las creencias vulgares con los nombres de genios buenos, genios protectores y Espíritus del bien. En tiempos de superstición e ignorancia se ha hecho de ellos divinidades benéficas. Se los puede igualmente dividir en cuatro grupos principales.

Quinta clase. ESPÍRITUS BENÉVOLOS – Su cualidad dominante es la bondad; se complacen en prestar servicios a los hombres y protegerlos, pero sus conocimientos son limitados: su progreso se ha realizado más en el sentido moral que en el sentido intelectual.

Cuarta clase. ESPÍRITUS ERUDITOS – Lo que especialmente los distingue es la amplitud de sus conocimientos. Se preocupan menos con las cuestiones morales que con las científicas, para las cuales tienen más aptitud; pero sólo encaran la ciencia desde el punto de vista de la utilidad, y en ello no mezclan a ninguna de las pasiones que son propias de los Espíritus imperfectos.

Tercera clase. ESPÍRITUS DE SABIDURÍA – Las cualidades morales del orden más elevado forman su carácter distintivo. Sin tener conocimientos ilimitados, están dotados de una capacidad intelectual que les proporciona un juicio recto acerca de los hombres y de las cosas.

Segunda clase. ESPÍRITUS SUPERIORES – Reúnen el conocimiento, la sabiduría y la bondad. Su lenguaje sólo refleja benevolencia y es constantemente digno, elevado y frecuentemente sublime. Su superioridad los hace más aptos que a los otros para darnos las nociones más justas sobre las cosas del mundo incorpóreo, dentro de los límites de aquello que es permitido al hombre conocer. Se comunican de buen grado con aquellos que de buena fe buscan la verdad y cuyas almas están lo suficientemente desprendidas de los lazos terrestres como para comprenderla; pero se alejan de los que solamente están animados por la curiosidad o a quienes la influencia de la materia desvía de la práctica del bien. Cuando, por excepción, encarnan en la Tierra, es para cumplir una misión de progreso y, entonces, nos ofrecen el tipo de perfección a la que puede aspirar la Humanidad en este mundo.

PRIMER ORDEN – ESPÍRITUS PUROS

Caracteres generales – Influencia nula de la materia. Superioridad intelectual y moral absoluta con relación a los Espíritus de los otros órdenes.

Primera clase. Clase única – Han recorrido todos los grados de la escala y se han despojado de todas las impurezas de la materia. Por haber alcanzado la suma de perfección de la cual es susceptible la criatura, no han de sufrir más pruebas ni expiaciones. Al no estar más sujetos a la reencarnación en cuerpos perecederos, la vida es para ellos eterna y la disfrutan en el seno de Dios. Gozan de una felicidad inalterable, porque no están sujetos a las necesidades ni a las vicisitudes de la vida material; pero esta felicidad no es de manera alguna la de una ociosidad monótona que transcurre en una perpetua contemplación. Son los mensajeros y los ministros de Dios, cuyas órdenes ejecutan para el mantenimiento de la armonía universal. Comandan a todos los Espíritus que les son inferiores, ayudándolos a perfeccionarse y asignándoles su misión. Asistir a los hombres en sus aflicciones, inclinarlos al bien o a la expiación de las faltas que los alejan de la felicidad suprema, es para ellos una agradable ocupación. A veces son designados con los nombres de ángeles, arcángeles o serafines. Los hombres pueden entrar en comunicación con ellos, pero muy presuntuoso sería quien pretendiese tenerlos constantemente a sus órdenes.

ESPÍRITUS ERRANTES O ENCARNADOS

En el aspecto de las cualidades íntimas, los Espíritus son de diferentes órdenes, que recorren sucesivamente a medida que se depuran. Con respecto al estado en que se encuentran, pueden hallarse: encarnados, es decir, unidos a un cuerpo en algún mundo, o errantes, es decir, despojados del cuerpo material y esperando una nueva encarnación para mejorarse. Los Espíritus errantes no forman una categoría especial: es uno de los estados en los cuales pueden encontrarse. El estado errante o de erraticidad de manera ninguna constituye una inferioridad para los Espíritus, puesto que pueden allí haberlos en todos los grados. Todo Espíritu que no esté encarnado es, por esto mismo, errante, con excepción de los Espíritus puros que, al no tener que pasar más por encarnaciones, se encuentran en su estado definitivo. Al ser la encarnación un estado transitorio, la erraticidad es en realidad el estado normal de los Espíritus, y de ningún modo este estado es forzosamente una expiación para ellos; son felices o infelices según el grado de su elevación y de acuerdo al bien o al mal que hayan hecho.

(Del Libro de los Espíritus de Allan Kardec)

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